Plasmodium
Es uno de nuestros mayores enemigos, pero su nombre es poco conocido. Es motivo de pesadilla, pero solo en países pobres. Podemos vencerlo.
Parece el guión de un thriller de pandemias: unos parásitos invaden los cuerpos humanos; primero se ocultan en el hígado, donde se reproducen; después saltan al torrente sanguíneo para infectar los glóbulos rojos; dentro se alimentan y reproducen de nuevo hasta reventar las células y saltar a las siguientes; en algunos niños pequeños, los glóbulos infectados se acumulan en las venas del cerebro hasta provocar un coma profundo; sin tratamiento urgente, esos niños mueren. Por desgracia, no es un guión de película: esos parásitos existen, se llaman Plasmodium y son los causantes de la malaria.

El «vector de transmisión» de la malaria, el responsable involuntario de transportar el parásito de un huésped a otro, es un animal que ha sido descrito como el mayor asesino de humanos de la historia: el mosquito.1 ¿Sabías que hay más de 3.000 especies diferentes? Unas miden 3 mm, otras hasta 18. Las hembras de algunas viven dos semanas; las de otras hibernan y pueden vivir más de 6 meses. Estos insectos nos acompañan desde los orígenes de la humanidad, pero mucho antes ya martirizaban a dinosaurios, mamíferos, aves, reptiles y anfibios.
La transmisora de la malaria entre humanos es la hembra del mosquito Anopheles (un género que agrupa a cientos de especies2): absorbe el parásito al picar a una persona infectada, y lo transmite al picar después a una persona sana. Los machos no son una amenaza porque se alimentan solo de néctar y azúcares. Aunque las hembras siguen esa misma dieta, no pueden reproducirse sin el complemento nutricional de la sangre, imprescindible para que sus huevos maduren.
Los mosquitos se encargan del transporte, pero nuestro verdadero enemigo es el parásito Plasmodium. Sus más de 200 especies han desarrollado múltiples estrategias para infectar a sus huéspedes, que incluyen aves, roedores y primates como nosotros. Aunque Plasmodium es un organismo unicelular, entre 35 y 70 veces más fino que un cabello humano, tiene un ciclo de vida muy complejo: cambia de forma y se reproduce varias veces. Las especies que atacan a los humanos3 han evolucionado para aprovechar a la perfección nuestra incómoda relación con los mosquitos.
Cuando una hembra de Anopheles pica a un humano infectado, ingiere hasta varios miles de parásitos en forma de gametocitos, una fase relativamente benigna en la que están preparados para abandonar a su huésped humano. Dentro del mosquito, los gametocitos se instalan en el intestino medio, donde se reproducen y multiplican. En ese proceso, adoptan una nueva forma: esporozoítos. Miles o decenas de miles viajan hasta las glándulas salivares del mosquito, donde se acomodan esperando su siguiente salto. Cuando la hembra de mosquito hambrienta pica a un humano, no solo bebe su sangre: también introduce en su piel decenas o cientos de esporozoítos4, que intentan abrirse paso hasta el torrente sanguíneo. Basta con que unos pocos lo logren para que la infección progrese.
Aunque es desagradable imaginar parásitos en la sangre, el verdadero ataque aún no ha comenzado. Los esporozoítos son solo una avanzadilla que viaja rápidamente a un escondite perfecto: el hígado. Este órgano procesa continuamente compuestos extraños —que llegan desde los intestinos a través de la vena porta— y tiene mecanismos para evitar respuestas inmunes desproporcionadas. Ocultos en las células hepáticas5, los esporozoítos se desarrollan y multiplican: cada uno se transforma en miles o decenas de miles de merozoítos.6 Cuando están listos, en una gran oleada, se deshacen de las células utilizadas y se sumergen de nuevo en el torrente sanguíneo.7
Hasta ese momento, la persona infectada no tenía síntomas. La actividad de los merozoítos en la sangre, en cambio, dispara todas las alarmas. Rápidamente penetran en sus auténticas víctimas: los glóbulos rojos. En su interior, se alimentan de la hemoglobina y se reproducen hasta reventar los glóbulos y volver al torrente sanguíneo para infectar a los siguientes. El sistema inmune reacciona ante la agresión, pero su respuesta no es una operación militar de precisión: es más bien un bombardeo masivo que puede destruir hasta diez glóbulos rojos sanos por cada uno infectado.
Los planes del parásito no terminan aquí porque, aparte de multiplicarse, va a necesitar infectar a otros huéspedes. En algunos glóbulos rojos, el merozoíto invasor no se multiplica, sino que se transforma en un gametocito como los que absorbió el mosquito que inició la infección. En esa forma inocente, el parásito puede sobrevivir en los glóbulos rojos desde unos pocos días hasta varias semanas, esperando discretamente a ser ingerido por un nuevo mosquito de camino a su siguiente víctima humana.
Aunque parezca mentira, un caso de malaria leve puede quedarse en síntomas confundibles con los de una gripe.8 El problema es que un caso leve puede convertirse en grave en muy poco tiempo, dependiendo del estado de salud, de la eficacia de la respuesta inmune y de si se recibe tratamiento rápidamente o no. La hemoglobina de los glóbulos rojos no es solo el alimento favorito de Plasmodium, sino también una proteína esencial que transporta el oxígeno desde nuestros pulmones a los tejidos. La falta de hemoglobina es lo que llamamos anemia. Al principio provoca fatiga, debilidad o falta de concentración. Si no se revierte, puede terminar en dificultad respiratoria, insuficiencia cardiaca e incluso la muerte.
Los niños pequeños son más vulnerables porque su sistema inmune no está plenamente desarrollado. La primera infección es especialmente peligrosa. Una de las complicaciones más frecuentes es la malaria cerebral. Los glóbulos rojos infectados tienen una superficie alterada que se adhiere a los pequeños vasos sanguíneos del cerebro. La acumulación de glóbulos adheridos reduce el riego sanguíneo y provoca inflamación. La respuesta inmune ayuda a combatir los parásitos, pero empeora la inflamación. Los síntomas iniciales incluyen confusión, delirios y convulsiones. Si la enfermedad no se trata urgentemente, desemboca en un coma profundo. En muchos casos, el niño muere.9
El segundo grupo más vulnerable son las mujeres embarazadas. Al igual que en el cerebro, los glóbulos rojos infectados se adhieren a la superficie de la placenta que está en contacto con la sangre de la madre. Allí el sistema inmune no puede destruir los parásitos de forma efectiva. La inflamación, la anemia y múltiples complicaciones pueden resultar fatales, tanto durante el embarazo como en el parto y el posparto. El bebé también se ve afectado. Se estima que el bajo peso al nacer a causa de la malaria es responsable de cien mil muertes neonatales al año.10
Es un horror.
La paradoja de la malaria es que una enfermedad tan terrible se puede evitar de forma muy barata y eficaz. La investigación demuestra que hay dos programas en los que el dinero adicional tiene un impacto enorme. El primero es la distribución de mosquiteras tratadas con insecticida de larga duración. Son muy efectivas, incluso si tienen agujeros, porque los mosquitos se posan en busca de una entrada. Cada mosquitera distribuida cuesta 6 euros y protege a dos personas durante dos o tres años. La segunda medida es administrar medicación preventiva a los niños pequeños en las zonas donde la malaria es estacional. El coste es de menos de 7 euros al año por niño. Si donas regularmente a cualquiera de estos programas o al Fondo Salud Global (que los incluye), puedes proteger cada año a decenas, cientos o miles de personas. Y no solo eso: las cifras demuestran que, por cada 3.500 a 5.000 euros destinados a estos programas, sabrás que has salvado una vida.
Por suerte, en países como España, la malaria se erradicó el siglo pasado11 y los padres no tenemos pesadillas protagonizadas por Plasmodium. Pero, aunque no nos afecte directamente, puede importarnos. Podemos decidir que nos importe. Cada 70 segundos muere un niño menor de 5 años a causa de la malaria.12 No es uno de nuestros hijos, pero podría serlo: depende solo de la lotería del nacimiento, de si naces aquí o allí. Si yo fuera un padre en pobreza extrema en África subsahariana, nadie podría hacerme un mejor regalo que salvar la vida de mi hijo. ¿Podría yo hacer ese regalo a otros padres? ¿Podrías hacerlo tú?
Winegard, Timothy C. The Mosquito: A Human History of Our Deadliest Predator. New York: Dutton, 2019, 1-2.
Están presentes en casi todo el mundo. Las principales excepciones son la Antártida, Islandia y algunas islas del Pacífico.
P. falciparum es la principal, pero también nos atacan P. vivax, P. malariae, P. ovale y P. knowlesi.
Estudios recientes han revisado al alza las estimaciones anteriores, que eran de menos de diez (Kanatani et al., 2024).
Las células del hígado, también denominadas hepatocitos.
Además, Plasmodium interfiere con la capacidad de los hepatocitos infectados para autodestruirse (apoptosis) o señalizar la infección.
Algunas especies de Plasmodium, como P. vivax y P. ovale, pueden dejar en el hígado una forma adicional del parásito, los hipnozoítos, que puede permanecer en estado latente y reactivarse meses o años después.
Hay algunos síntomas característicos de la malaria como la fiebre cíclica cada 48-72 horas, siguiendo el ciclo de invasión y destrucción de los glóbulos rojos, pero no aparecen en todos los casos.
La mortalidad de la malaria cerebral en niños, incluso con tratamiento, se sitúa entre el 15 y el 25%. Sin tratamiento es prácticamente del 100% (Seydel KB et al., 2015).
El dato no es muy reciente (Desay et al., 2007), pero no hay motivos para pensar que haya mejorado.
España, por ejemplo, fue declarada libre de malaria por la OMS en 1964.

